El ataque (de la NASA) a la soberanía de Ciudad de México



El País
David Marcial Pérez



Las imágenes del nuevo satélite, diseñado para sobrevolar la Tierra de día y de noche, llueva o truene, capturan hasta los movimientos más sutiles, sin que nubes ni árboles molesten al gran ojo espacial. Bien, su conclusión no es solo que la capital se esté hundiendo, algo ya sabido y comprobado, sino que cada vez lo hace a más velocidad. En las zonas más críticas, como el área del aeropuerto, el desplome supera los dos centímetros al mes. Para final de año, la pista de aterrizaje de los aviones tendrá un mordisco del tamaño de un lapicero. 

José Emilio Pacheco llamó a la ciudad el “monstruo de las ruinas sucesivas”, un animal amorfo y caótico con tendencia a devorarse a sí mismo. Jorge Ibargüengoitia le decía "la ciudad diabética", por su crecimiento descontrolado sin que dé tiempo a procesar tanto atracón. A los dos, seguramente los cronistas más quirúrgicos de la ciudad, les tocó además vivir la explosión urbana del antiguo Distrito Federal: en apenas tres décadas, de los cincuenta a los ochenta, la población pasó de 3 a 14 millones. 

Así nació también el nada inocente nombre de “mancha urbana”, un gigantesco borrón apretujado, desde el centro hasta las periferias, arrasando con suelo, agua y zonas verdes. Por eso el monstruo se hunde. Porque está construido sobre un acuífero y antiguos lagos, y el secado de esa agua para alimentar el peso de una ciudad de más de 20 millones de almas va empujando hacia abajo la tierra que pisamos. 


Su tesis: la ciudad se hunde, como tantas otras, y además no lo hace tan rápido como dicen los satélites estadounidenses. "Los Ángeles se hunde, el Valle de San Joaquín se hunde, el valle de Santa Clara se hunde, no es un problema exclusivo de Ciudad de México. Sí es más dramático acá, pero es un fenómeno relativamente lento. No es que ahora la NASA esté reportando que hubo un cambio drástico”.


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