México y Japón, detectives submarinos


Los dos comparten las dos orillas castigadas por el Cinturón del Fuego y colaboran en detectar terremotos debajo del Pacífico

David Marcial Pérez

Debajo del agua del Pacífico hay sumergida una cordillera de volcanes. Como una Atlántida tropical, el Cinturón de Fuego provoca más del 80% de los terremotos mexicanos. Desde el mito griego, el castigo de los dioses está relacionado con furiosos terremotos y tsunamis. Cuando el fondo de la tierra se despereza para entrar en calor y estirarse, provoca igual lengüetazos de lava que formidables temblores. Los volcanes y los terremotos son primos hermanos. 

México y Japón comparten las dos orillas castigadas por los dioses del Cinturón del Fuego. En 2011, los retortijones de los volcanes sumergidos desataron una de las tragedias naturales más devastadoras de la historia. Fueron más de 15,000 muertos tras una reacción en cadena: al terremoto le siguió el tsunami que detonó a su vez la fusión de tres cabezas nucleares de la central de Fukushima. Cinco años después, una delegación de sismólogos japoneses tocó la puerta del Instituto de Geofísica de la UNAM para buscar maneras de aplacar la ira de la naturaleza. 

Así nació un proyecto pionero entre la gran universidad mexicana, la de Kioto y la de Tōhoku para construir una red de sensores submarinos y estaciones en tierra en las costas cercanas a Oaxaca.


Unos equipos de monitoreo en el fondo del océano capaces de registrar deformaciones tectónicas, cambios de presión y actividad sísmica en tiempo real. Mi compañero Jesús García Cruz entrevistó a varios académicos de la UNAM que participan en el proyecto. Le explicaron que a diferencia de los sensores terrestres, los submarinos permiten registrar de manera directa y con mucha más precisión lo que sucede en la cocina sísima: la zona de subducción.

Tan precisos que pueden captar incluso los llamados sismos lentos, claves para entender los movimientos tectónicos. Liberan energía de manera gradual y generan señales de baja amplitud conocidas como tremores tectónicos, que suelen actuar como precursores de terremotos mayores si la placa ha acumulado la energía suficiente. “Nos interesa saber si ocurren cerca de la fosa oceánica, porque pueden revelar procesos que lleven a la ruptura de un gran terremoto”, le contó a mi compañero el doctor Víctor Manuel Cruz Atienza, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM y uno de los principales artífices del proyecto.

Como el desastre en cadena de Japón, un gran terremoto puede generar tsunamis de gran escala, como el ocurrido en 1787 frente a las costas de Oaxaca, cuya magnitud se estima en 8,6. 

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Uno de los objetivos centrales es reducir el tiempo de reacción. Cada minuto ganado al estallido es crucial para evacuar zonas costeras y salvar vidas. Como dice el físico mexicano Víctor Manuel Cruz Atienza, “los terremotos amenazan en silencio nuestra tranquilidad”.

Huatulco, el punto donde México y Japón estudian cómo anticipar sismos y tsunamis


Una red pionera de sensores submarinos y estaciones en tierra transformará esta franja costera de Oaxaca en un laboratorio para vigilar la deformación del fondo oceánico y ganar minutos vitales en casos de desastre


Jesús García Cruz

Bajo el mar de la costa de Huatulco, en Oaxaca, descansan instrumentos científicos con una meta ambiciosa: anticipar terremotos y tsunamis antes de que ocurran y entender cómo se forman. El proyecto, resultado de la colaboración entre instituciones mexicanas y japonesas, busca convertir esta región del Pacífico mexicano (una de las zonas sísmicas más activas del planeta) en un laboratorio natural que permita mejorar los sistemas de alerta temprana.

Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en conjunto con especialistas de la universidad de Kioto y la de Tōhoku, han instalado equipos de monitoreo en el lecho marino capaces de registrar deformaciones tectónicas, cambios de presión y actividad sísmica en tiempo real.

La iniciativa arrancó hace una década, en 2016. Una delegación de sismólogos japoneses visitó el Instituto de Geofísica de la UNAM con la intención de establecer una colaboración tras el terremoto y tsunami de 2011 en el país asiático. De ese acercamiento surgió un primer proyecto conjunto bajo la dirección de la Asociación de Investigación Científica y Tecnológica para el Desarrollo Sostenible (SATREPS, por sus siglas en inglés) que sentó las bases del despliegue actual. La nueva fase amplía el alcance e incorpora también a investigadores de El Salvador, interesados en fenómenos similares en la región.

La zona sísmica más activa de México
La costa sur de México forma parte del llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una franja donde convergen placas tectónicas y se concentra cerca del 90% de la actividad sísmica mundial. En esta región, la placa de Cocos se introduce por debajo de la placa de Norteamérica generando tensiones que eventualmente se liberan en forma de sismos de gran magnitud. Pero, a diferencia de los sensores terrestres, los instrumentos colocados mar adentro permiten observar directamente lo que sucede en la zona de subducción, donde se originan terremotos.

Uno de los focos del proyecto es el estudio de los llamados sismos lentos, un fenómeno menos perceptible pero clave para entender la dinámica tectónica. Estos eventos, que liberan energía de manera gradual y generan señales de baja amplitud conocidas como tremores tectónicos, podrían actuar como precursores de terremotos mayores si la placa ha acumulado energía en cantidad importante. “Nos interesa saber si ocurren cerca de la fosa oceánica, porque pueden revelar procesos que lleven a la ruptura de un gran terremoto”, explica a EL PAÍS el doctor Víctor Manuel Cruz Atienza, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM y uno de los principales artífices del proyecto.

Proteger a la población costera
El interés no sólo es académico. Un gran terremoto en esta zona podría generar tsunamis de gran escala, como el ocurrido en 1787 frente a las costas de Oaxaca, cuya magnitud se estima en 8,6. En ese sentido, uno de los objetivos centrales es reducir el tiempo de reacción ante estos fenómenos. En eventos de gran magnitud, cada minuto resulta crucial para evacuar zonas costeras y salvar vidas.

“Es importante tener presente una zona de seguridad en caso de un gran sismo porque es probable que haya tsunamis devastadores. Siempre le digo a la gente que va a Puerto Escondido que identifique una loma o que su hotel no esté a nivel del mar para poder evacuar rápidamente. Las autoridades como Protección Civil y el Cenapred realizan un esfuerzo continuo de concienciación, pero la población debe identificar bien las zonas de seguridad”, apunta Cruz.

La iniciativa también refleja las tensiones habituales en la financiación de la ciencia aplicada. Un proyecto más ambicioso, que contemplaba la instalación de una red submarina de 25 instrumentos de última generación, explica Cruz, no logró obtener recursos —requería aproximadamente 230 millones de pesos— tras ser evaluado por autoridades de protección civil. Por ahora, el enfoque se mantiene en una red más acotada, centrada en entender el papel de los sismos lentos.

Pese a estas limitaciones, el despliegue marca un avance relevante en la integración de México en redes internacionales de investigación sísmica. También abre una ventana para mejorar la comprensión de fenómenos que, aunque inevitables, pueden gestionarse con mayor anticipación: bajo las aguas del Pacífico, los sensores operan de forma silenciosa, registrando señales casi imperceptibles con la expectativa de ofrecer, algún día, minutos decisivos frente a lo imprevisible.


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