Los tiempos del hombre deben medirse por su empatía y el amor hacia la humanidad


“Es cierto que mi forma es muy extraña, pero culparme por ello es culpar a Dios; si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo procuraría no fallar en complacerte. Si yo pudiese alcanzar de polo a polo o abarcar el océano con mis brazos, pediría que se me midiese por mi alma, porque la verdadera medida del hombre es su mente”.

Joseph Carey Merrick, “El hombre elefante”. (1862-1890)



"Las personas se asustan por lo que no entienden".
El Hombre Elefante (1980), de David Lynch.

Joseph Carey Merrick, también conocido como el Hombre Elefante (Leicester, Inglaterra, 5 de agosto de 1862-Londres, 11 de abril de 1890).

Fue un ciudadano inglés que padeció síndrome de Proteus, del cual podría representar el caso más grave conocido hasta el momento.

Se hizo famoso debido a las terribles malformaciones que padeció desde el año y medio de edad. Condenado al rechazo general y pasando varios años en ferias y exhibiciones de fenómenos, solo encontró sosiego en sus últimos años de vida. A pesar de su desgraciada enfermedad, sobresalió por su carácter dulce y educado. La mayor parte de su vida se le tildó de no tener una inteligencia destacada, pero en sus postrimerías demostró que tenía una inteligencia superior al promedio. 

Su vida fue llevada al cine en la película de 1980 The Elephant Man, dirigida por David Lynch y protagonizada por John Hurt como Merrick y sir Anthony Hopkins como el doctor Frederick Treves.

En todos los homenajes a su persona siempre se cita como el rasgo más significativo de su carácter el coraje que supo imponer desde el primer momento a la inhumana crueldad de su enfermedad. Tampoco dejó de maravillar a sus interlocutores el trato dulce y educado que dispensaba, así como la sensibilidad especial con la que Merrick solía teñir sus impresiones. Llegó a trascender ampliamente el episodio en el que, ya al final de su vida, después de que una mujer le diera por primera vez la mano, Merrick se deshiciera y rompiera a llorar por la intensa emoción que le produjo no sentirse rechazado; sentimiento al que habría que unir la especial admiración que siempre sintió por el sexo femenino. 

Sin embargo, póstumamente el rasgo que mayor interés ha despertado de la personalidad de Joseph Merrick es cómo después de las humillaciones, las palizas y el ostracismo al que fue sometido, se mantuviera desprovisto de rencor, y siempre consiguiese sobreponer su carácter dulce e inocente.

Tanto es así que Ashley Montagu, reconocido antropólogo de la Universidad de Princeton, escribió un estudio acerca de este increíble aspecto de su personalidad titulado El Hombre-Elefante: un estudio acerca de la dignidad humana. Por otro lado, y aunque durante largo tiempo de su vida se ignoró esta otra destacable cualidad, a Joseph Merrick se le reconoció una inteligencia por encima de la media. La sociedad de entonces quiso transformar a Merrick en un monstruo; pero él, con su carácter humano, desveló a la sociedad como tal.

Una de las personalidades que más ayudó a Merrick fue una actriz, de apellido Kendall. La señora Kendall se sensibilizó mucho por el caso de Joseph y se movilizó para ayudar a recaudar fondos para él. Aunque parezca insólito, Merrick y la señora Kendall nunca se conocieron en persona puesto que ella por aquellos días estaba de gira por Inglaterra y Estados Unidos. Se carteaban y una vez Joseph le comentó que siempre le hubiera gustado aprender el oficio de cestero. La señora Kendall contrató a un artesano cestero que lo enseñó. Aun teniendo serias dificultades con su mano derecha, aprendió rápidamente el oficio. Pasaba mucho tiempo fabricando cestos y otros utensilios en mimbre que luego regalaba a todo aquel que tenía amistad con él o que lo trataba con amabilidad y respeto. Era su manera de sentirse útil. A pesar de que su mano izquierda era pequeña y frágil como la de un niño de doce años y la derecha enorme, tenía una gran habilidad y paciencia para los trabajos manuales. También lo demuestran las construcciones de cartón que hizo y que regalaba a todo aquel que era amable con él. Ha sobrevivido una, que está expuesta en el London Hospital y representa a la iglesia que Merrick podía ver desde la ventana de su habitación en el hospital, y destaca por la minuciosidad de sus detalles. Fue un regalo para la propia señora Kendall.

Cuando le contó su pesar por no haber ido nunca a un teatro, su protectora le reservó un palco en el teatro de Drury Lane para que Treves y varias enfermeras lo acompañaran a ver una representación de El gato con botas, que le fascinó. Según el relato de Treves, alcanzó la mayor felicidad unos meses antes de su muerte, cuando pudo ir al campo y disfrutar por primera vez de la naturaleza, invitado a pasar unas semanas en una casa en la campiña por una de las acomodadas damas que lo visitaban.

Merrick tenía un vocabulario extenso y, a pesar de proceder de la clase media y pasar un tiempo en el ambiente de la farándula, no solo sabía leer y escribir correctamente, sino que aún lo hacía con estilo notable; hechos que, en el Londres victoriano de fines del siglo XIX, resultarían sobresalientes para cualquier persona de clase media o baja. Precisamente es de los estudios de sus escritos de donde se deduce una persona de carácter ingenuo e infantil, y de mirada maravillada y simplificadora. Por último, es imprescindible subrayar el profundo amor que siempre sintió por su madre, cuya muerte siempre reconoció y padeció como la tragedia más grande de su vida, incluso por encima de su atroz enfermedad. Quizá porque con su ausencia se le despojó de todo amor, y porque fue la única que vio tras él al hijo y al ser humano.




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