Overhang, los nuevos súper usuarios de la IA



Overhang, los nuevos súper usuarios de la IA

Con el mismo modelo de IA, una persona puede pedir que le hagan la tarea escolar o evolucionar industrias enteras.

Hay una simplificación que repetimos cada vez que aparece una tecnología: medimos el cambio por lo que se capta a simple vista.

El celular es “pantalla”. El coche es “motor”. La IA es “chatbot”.

Pero las revoluciones no se fraguan en la superficie. Se deciden en los huecos: en lo que la herramienta puede hacer, aunque pocos sepan cómo hacerlo.

A eso se le está llamando entre los círculos tecnológicos capability overhang o excedente de capacidad.

OpenAI lo definió en un comunicado como una brecha práctica: la distancia entre lo que los sistemas de IA ya pueden hacer y el valor que la mayoría está capturando realmente a escala.

Para los expertos en IA, el overhang ocurre cuando los modelos de aprendizaje exhiben habilidades para las que no fueron explícitamente entrenados. Con frecuencia, hasta sus propios creadores son sorprendidos.

Por ejemplo, un modelo entrenado para predecir el siguiente token en un corpus de texto puede, de manera prácticamente espontánea, tener la capacidad de realizar ingeniería de proteínas o identificar vulnerabilidades en software.

Al final, las palabras ordenadas de la forma adecuada crean nuevas posibilidades en el mundo.

Jack Clark lo ha descrito con una imagen inquietante: estamos “explorando un espacio de capacidades amplio… con técnicas todavía juveniles”. (Traducción inmediata: jugamos con fósforos en una bodega de pólvora.)

La mutación importante está llegando de otro lado, también inesperado: el overhang dejó de ser solo una curiosidad técnica y se está convirtiendo en una palanca económica.

El premio ya no es simplemente “usar IA”: es descubrir qué más puede hacer… y convertirlo en flujo de trabajo.

La prueba más cruda de que se está gestando un grupo de élite de usuarios es el consumo.

OpenAI admite que sus “power users” usan alrededor de siete veces más cómputo que el usuario promedio.

Eso no describe a gente más curiosa. Describe a gente que aprendió a aprovechar mejor lo que tiene disponible.

Si tú usas la IA para resumir un PDF, estás en la planta baja del edificio de la IA.

Si usas la misma IA para encadenar herramientas, delegar tareas, simular escenarios, auditar sistemas y disparar procesos autónomos, estás en el ático… en ambos casos se paga la misma suscripción.

La nueva desigualdad, entonces, no es de acceso. Es de conocimientos. Es un hueco epistémico: quien sabe qué preguntar, cómo andamiar, cómo verificar y cómo conectar resultados está forjando una habilidad que hace muy poco no existía en el mercado.

La ruptura decisiva es el paso del chat generativo a lo agéntico.

Antes era “consulta-respuesta”: tú preguntas, la máquina redacta, tú ejecutas.

Ahora hay un objetivo superior: “reduce costos 10%”, “detecta riesgos”, “optimiza…”. El sistema planea, descompone, usa herramientas, ejecuta.

El overhang aquí significa que, por ejemplo, un departamento entero de recursos humanos puede volverse obsoleto de la noche a la mañana, no porque la tecnología haya cambiado visiblemente, sino porque alguien descubrió cómo orquestar las capacidades existentes para realizar sus funciones de manera autónoma.

Y ese salto amplifica el overhang: capacidades latentes + agentes de IA= impacto inmediato.


No es teoría.

En el ámbito de la ciberseguridad, un experimento demostró que los agentes de IA, utilizando andamiajes de software simples, pueden desempeñarse al nivel de profesionales de seguridad experimentados en la identificación de vulnerabilidades en redes universitarias reales.

El modelo es el mismo que un estudiante usa para “hacer la tarea”.

La diferencia está en la coreografía interna.

El overhang está fabricando un tipo de trabajador nuevo. No “programadores”. No “prompt engineers”. Eso suena limitado. Orquestadores de agencia sintética.

Gente que no produce cada pieza: diseña el sistema que produce piezas, controla su calidad, lo audita, lo ajusta, lo hace escalar.

Esa habilidad, curiosamente, se parece menos a escribir código y más a gobernar instituciones: reglas, incentivos, memoria, controles, excepciones.

Y cuando una habilidad te permite multiplicar por diez la productividad de una unidad de trabajo, deja de ser “skill” y se vuelve “posición”.

El impacto social más sorprendente no es el desempleo de algunos. Es el vacio de fundamentos.

Frank Pasquale lo anticipó en The Black Box Society: poder es “escrutar a otros evitando ser escrutado”.

En la era agéntica, ese escrutinio ya no solo evalúa: opera.

Y aparece una opacidad más corrosiva: la opacidad epistémica.

No solo “no te explican el algoritmo”. La realidad es que lo que pasa adentro de la toma de decisiones del sistema ni siquiera sus creadores lo comprenden del todo. De alguna forma, “aprendió’” Y aun así decide.

La sociedad entra en una lógica de fe tecnológica: confías no porque entiendas, sino porque no hay alternativa.

Cuando eres usuario avanzado, con frecuencia pides soluciones para procesos que no entiendes cabalmente.

Supervisas el resultado sin comprender del todo. Pero funciona.

Eres espectador de tu propia productividad.

Y, vamos, no se trata de ser maniqueístas. Claramente no suena correcto… pero el resultado ahí está. Para la lógica del capital, es correcto. Pragmatismo vs. idealismo.

El overhang también devora la escalera social por abajo.

Hay evidencia de una caída en oportunidades de entrada en ocupaciones expuestas a IA: un paper asociado a Stanford reporta un declive relativo de 13% para trabajadores en etapa temprana (22–25) en las ocupaciones más expuestas.

Los programadores recién egresados, por ejemplo, ya no tienen las tasas de ocupación de hace 5 años. Si el junior desaparece, ¿dónde se fabrica el senior?

La meritocracia pierde sus primeros peldaños.

Y el acceso al “trabajo bueno” ahora depende menos de empezar desde abajo y más de llegar ya armado: élite educativa, capital cultural, redes, y (otra vez) ventaja epistémica.

El tema se vuelve geopolítico cuando recuerdas que el cómputo también es territorio.

Reuters dice que África tiene menos del 1% de la capacidad global de centros de datos, aun con demanda digital creciendo.

No es solo infraestructura. Es soberanía cognitiva.

Si el overhang es una reserva de poder, entonces el planeta se está partiendo en dos: quienes pueden explotar la latencia… y quienes solo la alquilan posteriormente, más como imitadores que como creadores.

Mientras esto pasa, el mercado empieza a institucionalizar la nueva aristocracia.

No con coronas. Con credenciales.

Volvamos al principio.

El overhang no es un tecnicismo. Es una grieta que deja entrever un nuevo sistema.

O lo convertimos en dividendo social (educación orientada a orquestación, “residencias” protegidas para juniors, acceso público a cómputo y verificación) o lo dejamos madurar como estructura.

De otra forma, las entrevistas laborales para puestos de entrada dentro de pocos años (¿meses?) se medirán con dos parámetros:

“Yo sé orquestar”, dirán las nuevas estrellas.

“Yo no”, dirán los prescindibles.


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