Por José Manuel Gómez
La reciente presentación del proyecto Olinia por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum ha despertado un entusiasmo nacionalista que, aunque comprensible, corre el riesgo de ignorar la velocidad a la que se mueve el mundo. El anuncio de un auto eléctrico "hecho por mexicanos" llega en un momento donde la industria no sólo ha cambiado de velocidad, sino de pista. Mientras México busca "aprender a fabricar", los gigantes que hoy dominan el mercado ya han decretado el fin de la era del hierro para dar paso a la era del software.
Para entender el desfase, hay que mirar hacia Shenzhen. Wang Chuanfu, el cerebro detrás de BYD, ha sido tajante: la industria del auto eléctrico ha entrado en una "fase de eliminación". Ya no se trata de quién puede poner baterías sobre cuatro ruedas; eso ya es un commodity. La batalla hoy se libra en la integración vertical, la conducción autónoma y la inteligencia artificial.
Chuanfu advierte que sólo sobrevivirán aquellos con una escala masiva y una ventaja tecnológica de al menos un lustro. En este escenario, Olinia nace como un esfuerzo artesanal frente a una maquinaria de guerra algorítmica que ya produce millones de unidades al año y reduce costos a niveles imbatibles.
El proyecto mexicano apuesta por la "asequibilidad". Sin embargo, en la economía de escala, la asequibilidad no se decreta, se construye con infraestructura.
Mientras Olinia se enfoca en el ensamble, BYD y Tesla controlan desde la mina de litio hasta el chip de procesamiento. Lanzar un auto que carezca de una arquitectura de software robusta en 2026 es como presentar un teléfono de teclado físico en la era del smartphone. No solo llegamos tarde; corremos el riesgo de llegar a una fiesta que ya terminó.
Si el objetivo de Olinia es la soberanía, la pregunta es si esa soberanía debe ser física o intelectual. ¿Es más valioso ensamblar un chasis nacional o dominar el software que gestionará la energía de esos vehículos? La historia industrial de México está llena de ensambladoras, pero vacía de patentes disruptivas.
Olinia podría ser una oportunidad dorada si se aleja de la competencia directa con los sedanes chinos y se enfoca en la micromovilidad urbana específica para nuestras ciudades: vehículos ligeros, de carga última milla o transporte público hiper-local, donde la geografía y el caos vial de nuestras metrópolis exigen soluciones que un algoritmo en China aún no termina de entender.
Veredicto
La intención de impulsar el talento joven es irreprochable, pero la política industrial no puede alimentarse sólo de buenas intenciones. Si Olinia no integra desde su nacimiento la visión de auto inteligente que hoy define el mercado global, quedará relegado a ser una pieza de museo antes de salir de la línea de producción. No se trata de llegar primero, sino de entender en qué año estamos viviendo.
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